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Babyn Yar: 85 años después, los nombres de los judíos asesinados regresan del silencio – Rubén Kaplan

<p>Hay lugares donde la historia parece haberse detenido. Babyn Yar (Babi Yar) es uno de ellos. Por Rubén Kaplan A las afueras de Kiev, entonces capital de la Ucrania soviética, en un barranco que hoy es un sitio de memoria, decenas de miles de judíos fueron asesinados a tiros por los nazis. No murieron en un campo de exterminio ni en una cámara de gas. Fueron conducidos hasta allí, despojados de sus pertenencias y de sus ropas y fusilados junto al borde de la fosa que se convertiría en su tumba. Ocurrió hace 85 años, los días 29 y 30 de septiembre de 1941. En apenas dos jornadas fueron asesinados 33.771 judíos: hombres, mujeres y niños. La cifra procede de un informe elaborado por los propios Einsatzgruppen y enviado a sus superiores en Berlín. La matanza de Babyn Yar se convirtió así en uno de los mayores asesinatos masivos perpetrados por los nazis en un único lugar durante la Segunda Guerra Mundial y en uno de los episodios emblemáticos del llamado Holocausto por las balas. Este 29 de septiembre, 85 años después, el mundo vuelve a mirar hacia aquel barranco. El camino hacia el barranco Las tropas alemanas ocuparon Kiev &hellip;</p>

Hay lugares donde la historia parece haberse detenido.

Babyn Yar (Babi Yar) es uno de ellos.

Por Rubén Kaplan

A las afueras de Kiev, entonces capital de la Ucrania soviética, en un barranco que hoy es un sitio de memoria, decenas de miles de judíos fueron asesinados a tiros por los nazis. No murieron en un campo de exterminio ni en una cámara de gas. Fueron conducidos hasta allí, despojados de sus pertenencias y de sus ropas y fusilados junto al borde de la fosa que se convertiría en su tumba.

Ocurrió hace 85 años, los días 29 y 30 de septiembre de 1941.

En apenas dos jornadas fueron asesinados 33.771 judíos: hombres, mujeres y niños. La cifra procede de un informe elaborado por los propios Einsatzgruppen y enviado a sus superiores en Berlín. La matanza de Babyn Yar se convirtió así en uno de los mayores asesinatos masivos perpetrados por los nazis en un único lugar durante la Segunda Guerra Mundial y en uno de los episodios emblemáticos del llamado Holocausto por las balas.

Este 29 de septiembre, 85 años después, el mundo vuelve a mirar hacia aquel barranco.

El camino hacia el barranco

Las tropas alemanas ocuparon Kiev el 19 de septiembre de 1941. Desde los primeros días comenzó la persecución de los judíos.

Poco después se produjeron explosiones en edificios utilizados por las autoridades alemanas. Las minas habían sido colocadas por los soviéticos antes de abandonar la ciudad, pero los ocupantes nazis utilizaron el episodio como pretexto para intensificar la persecución contra la población judía.

El 28 de septiembre aparecieron carteles por toda la ciudad.

Los judíos debían presentarse al día siguiente en un punto de concentración. Debían llevar documentos, dinero, ropa y objetos de valor. Quienes no se presentaran serían ejecutados.

Muchos acudieron creyendo que serían trasladados.

No sabían que estaban caminando hacia la muerte.

El 29 de septiembre, día en que comenzó Iom Kipur, miles de hombres, mujeres y niños se concentraron en el lugar indicado. Desde allí fueron conducidos hacia Babyn Yar.

Una vez llegados al barranco, fueron obligados a entregar sus pertenencias y a desvestirse. Los integrantes del Sonderkommando 4a del Einsatzgruppe C, junto con otras unidades alemanas y colaboradores locales, llevaron adelante las ejecuciones. Las víctimas fueron colocadas en grupos y ametralladas.

Durante dos días la matanza continuó.

Treinta y tres mil setecientas setenta y una personas dejaron de existir.

En el informe nazi fueron una cifra.

Para nosotros deben volver a ser personas.

Una masacre que no terminó en septiembre

Babyn Yar no fue solamente el escenario de aquella matanza.

El barranco continuó siendo un lugar de ejecuciones durante la ocupación alemana de Kiev. Hasta 1943 fueron asesinados allí decenas de miles de personas más: judíos, romaníes, prisioneros de guerra soviéticos, pacientes de un hospital psiquiátrico y otros civiles. Las investigaciones soviéticas realizadas después de la liberación de Kiev calcularon alrededor de 100.000 víctimas judías y no judías en el lugar durante la ocupación alemana.

Por eso Babyn Yar no puede reducirse exclusivamente a los 33.771 judíos asesinados el 29 y 30 de septiembre.

Pero tampoco puede perderse de vista una verdad esencial: la primera y mayor matanza en aquel lugar fue específicamente contra los judíos de Kiev y sus alrededores.

Entre ellos había familias enteras.

Padres e hijos, ancianos, mujeres, bebés.

Personas que habían vivido durante décadas en Kiev y que jamás imaginaron que su propia ciudad se convertiría en el escenario de su exterminio.

Iom Kipur, uno de los días más sagrados del calendario judío, quedó asociado para siempre con aquel crimen.

Después de matar, borrar

La historia de Babyn Yar contiene una segunda atrocidad.

Cuando en 1943 el Ejército Rojo se aproximaba nuevamente a Kiev, los nazis intentaron borrar las huellas de sus crímenes. Prisioneros del cercano campo de Syrets fueron obligados a desenterrar los cuerpos y quemarlos. El objetivo era hacer desaparecer las pruebas de las ejecuciones masivas. Algunos de esos prisioneros lograron escapar y posteriormente pudieron dar testimonio de lo ocurrido.

Primero segaron las vidas.

Después quisieron hacer desaparecer las huellas de la muerte.

Y durante décadas habría otro intento: silenciar la memoria.

El silencio soviético

Terminada la guerra, Babyn Yar quedó atrapado en otra batalla: la de la memoria.

La Unión Soviética no quiso reconocer públicamente el carácter específicamente judío de la gran matanza de septiembre de 1941. Durante décadas, la tragedia fue presentada dentro de una narrativa general sobre los ciudadanos soviéticos asesinados por los ocupantes nazis.

En 1976 se levantó un monumento dedicado a las víctimas, pero sin reconocer la dimensión específicamente judía de la masacre. Recién el 29 de septiembre de 1991, cuando Ucrania ya había declarado su independencia, se inauguró un monumento con forma de Menorá dedicado expresamente a las víctimas judías.

La ausencia de reconocimiento no significó que el recuerdo hubiera desaparecido.

Los sobrevivientes hablaron.

Los familiares conservaron fotografías.

Los escritores lo relataron.

Yevgueni Yevtushenko convirtió Babyn Yar en un símbolo mundial con su célebre poema de 1961, que comenzaba denunciando precisamente la ausencia de un monumento sobre el lugar. La obra contribuyó a quebrar el silencio soviético alrededor de la masacre.

También Anatoli Kuznetsov, que había sido niño en Kiev durante la ocupación, convirtió sus recuerdos en un extraordinario testimonio literario. Su libro Babi Yar fue publicado inicialmente en una versión censurada en la Unión Soviética y posteriormente, tras su exilio, en una versión sin las mutilaciones impuestas por la censura.

La literatura hizo lo que el poder había intentado impedir: devolverle palabras a una tragedia que pretendían convertir en silencio.

Cada víctima tenía un nombre

Hay algo particularmente conmovedor en los esfuerzos actuales por reconstruir la identidad de las víctimas.

En 2025, cuando se cumplió el 84.º aniversario de la masacre, investigadores del Babyn Yar Holocaust Memorial Center anunciaron que habían logrado identificar 1.031 víctimas cuyos nombres habían permanecido desconocidos. Esos nombres se incorporaron a una base de datos que ya reunía 29.732 víctimas identificadas. También fueron corregidos alrededor de 2.000 registros con información sobre edades, domicilios, parentescos y otros datos.

Entre los nuevos nombres había 301 bebés y 5.363 niños y adolescentes. La víctima más joven identificada tenía apenas tres días de vida; la mayor, 104 años.

No es un detalle menor.

Durante décadas fueron números.

Ahora vuelven a ser personas.

Personas con una historia, una familia, una profesión, una casa, un rostro.

Seres humanos que tuvieron sueños que nunca pudieron cumplir.

Recuperar esos nombres significa devolver la memoria a quienes fueron privados de ella.

Y quizás ese sea uno de los actos más profundos de reparación que pueden realizarse frente a un crimen de esta magnitud: pronunciar el nombre de quien los asesinos quisieron convertir en una cifra anónima.

Una abuela que volvió a vivir en Kiev

En la ceremonia de este año apareció una historia que resume, en pocas palabras, la dimensión humana de Babyn Yar.

Una dirigente de la comunidad judía de Kiev, Devorah Leah Levenhartz, contó que su abuela Sonia fue asesinada en Babyn Yar. Durante décadas no habían podido encontrar siquiera una fotografía de ella.

Recientemente apareció un testimonio en Yad Vashem con sus datos.

La nieta vive hoy en Kiev, la misma ciudad en la que su abuela había vivido y donde fue asesinada.

Y forma parte de una comunidad judía que volvió a florecer allí.

Hay algo profundamente conmovedor en esa historia.

Los nazis quisieron exterminar a los judíos de Kiev.

No solamente quisieron matar personas: quisieron destruir familias, comunidades y generaciones futuras.

Ochenta y cinco años después, una descendiente judía vive nuevamente en esa ciudad.

La historia no puede borrar lo ocurrido.

Pero tampoco pudo impedir que la vida continuara.

85 años después

Este 29 de septiembre se realizó en Babyn Yar la ceremonia central por el 85.º aniversario. Participó el presidente ucraniano Volodímir Zelenski junto con dirigentes de la comunidad judía de Ucrania y representantes de alrededor de 50 países, entre ellos el embajador de Israel en Ucrania, Roi Rosenblit. Las autoridades adoptaron fuertes medidas de seguridad ante la posibilidad de ataques con drones.

Zelenski recordó a las víctimas y habló de la necesidad de preservar la memoria. También estableció un paralelismo entre los crímenes nazis y la guerra que actualmente atraviesa Ucrania.

Pero la conmemoración no se redujo a un discurso político.

El programa oficial del 85.º aniversario incluyó una exposición sobre la historia del pueblo romaní, una oración interreligiosa por las víctimas, la presentación de una nueva edición ucraniana de Babyn Yar, de Anatoli Kuznetsov, y el próximo lanzamiento de un archivo digital dedicado a la historia del lugar.

Porque recordar Babyn Yar significa mucho más que recordar una fecha.

Significa defender la verdad histórica.

No fueron solamente 33.771

Hay una tentación inevitable cuando se habla del Holocausto: acostumbrarse a las cifras.

Seis millones.

Un millón en Auschwitz.

33.771 en Babyn Yar.

100.000 en el barranco durante la ocupación.

Los números son indispensables para comprender la dimensión del crimen.

Pero también pueden deshumanizarlo.

Detrás de cada número había alguien.

Madres que abrazaban a sus hijos. Padres que intentaban proteger a sus familias.

Ancianos que quizás habían pasado toda su vida en Kiev. Niños que todavía no habían aprendido a leer.

Un bebé de apenas tres días.

La Shoá no fue una abstracción.

Fue el asesinato deliberado de seres humanos.

En Babyn Yar, además, el método fue particularmente brutal: reunir a una población indefensa, conducirla hasta un lugar de ejecución y asesinarla a tiros. El sitio constituye uno de los símbolos más estremecedores del Holocausto por las balas, en el que los Einsatzgruppen y otras fuerzas alemanas asesinaron a millones de judíos en fusilamientos masivos en los territorios ocupados de Europa oriental.

Recordar para que no vuelvan a ser olvidados

Hay una frase que podría resumir toda la historia de Babyn Yar: los asesinos quisieron borrar los cuerpos; otros quisieron borrar la identidad de las víctimas; nosotros tenemos la obligación de devolverles sus nombres.

Es también la razón por la que, en Antes del silencio. Cartas desde Lituania, el libro que estoy escribiendo, busco recuperar las voces de mi familia judía a través de las cartas que mi abuela escribió desde Lituania a mi madre en la Argentina, cuando faltaban unos años para que la Shoá destruyera aquel mundo. Porque conservar esas palabras es también impedir que el silencio tenga la última palabra.

A 85 años de aquella masacre, Babyn Yar continúa hablando.

Habla desde sus fosas.

Habla a través de los testimonios de los sobrevivientes, de los documentos recuperados y de los nombres que vuelven a aparecer.

Habla desde la Menorá que finalmente pudo levantarse donde durante décadas se había pretendido silenciar el carácter judío de la tragedia.

Y, sobre todo, habla de cada familia que perdió allí a uno de los suyos.

Babyn Yar forma parte de esa interminable geografía del dolor que jalona la historia del pueblo judío: lugares donde hombres, mujeres y niños fueron asesinados simplemente por ser judíos.

Pero también forma parte de otra historia.

La de la memoria que se niega a morir.

Ochenta y cinco años después, los nombres siguen regresando.

Y mientras alguien los pronuncie, Babyn Yar no será solamente el lugar donde los mataron.

Será también el lugar que le recuerde al mundo que tiene la obligación de no olvidarlos.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor